Sergio Spoerer(* )
Preparar un esquema de notas para una presentación oral –que normalmente termino improvisando- no constituye, en general, para mí, una dificultad. Me resulta más difícil la escritura de un texto, aunque éste verse sobre la misma temática de la presentación oral. Pero lo que me enfrenta a niveles de cuasi imposibilidad es producir un texto a partir de una previa exposición oral. ¿De qué se trata aquí?. ¿De tener como base lo que me propuse decir según el esquema preparado?. ¿O de intentar una versión de lo efectivamente dicho, apelando nada más que a la memoria?. ¿O –peor de los escenarios- de intentar un cruce, una mezcla, un mix, de los dos anteriores?.
Siento que es esto último lo que se me ha pedido y héteme aquí (pues) -que diría un castizo- paralizado, mientras incumplo todos los compromisos de plazos de entrega que he debido renegociar en sucesivas oportunidades.
Atrapado, de seguro, en estas angustiosas cavilaciones, me encontré de pronto visionando por internet diferentes entrevistas y conferencia de Ben Zander con quien tenía desde hace mucho un prioritario encuentro pendiente. ¿Cómo?. ¿qué no les suena para nada en relación al liderazgo este nombre?. Calma, están en lo justo. Seguro que lo recuerdan por lo que efectivamente es: el célebre director de la Orquesta Filarmónica de Boston.
Lo que sucede es que Ben Zander emprendió desde hace algunos años una paralela y muy exitosa carrera de conferencista sobre temas de liderazgo que lo ha llevado incluso a que la muy seria y respetada editorial de Harvard haya editado su libro “El liderazgo y el arte de las posibilidades” (que, entiendo, aún no ha sido traducido al español). A falta del libro les sugiero que se precipiten sobre su computador, se metan a internet y googleen y/o youtubeen todo lo que pillen sobre Ben Zander. Con total seguridad les será mucho mas provechoso que cualquier cosa que yo haya dicho o querido decir o sea capaz de escribir aquí sobre liderazgo y dirección pública.
Permítanme –en vez de mi artículo- compartir con Uds. pepitas de oro que yo encontré navegando detrás de Ben Zander.
1) A la manera de Martín Luther King, Zander dice que un líder debe no sólo albergar grandes sueños para su comunidad de pertenencia –país, empresa, institución pública-, sino que tiene la fuerza interior para compartirlos, sostenerlos y no dudar jamás acerca de su realización. Los sueños compartidos por una comunidad dejan de pertenecer a quien los soñó. Su realización deja de entrar en la mezquina contabilidad de sus éxitos individuales. “La visión estratégica”, “la relación con el entorno y la articulación de redes”, traducen al dominio de los atributos esa capacidad de soñar sueños que son poderosos tanto por su grandeza como por el compromiso compartido con su realización.
2) Un líder “agranda” a sus colaboradores, hace más poderosos a sus compañeros de causa. Les amplía el horizonte, les muestra prioridades, despierta en ellos la pasión por alcanzarlas, los alienta en los aprendizajes necesarios. Manejar crisis y contingencias –planificar es ordenar un camino, no garantizar una ejecución-, gestionar presiones y conflictos, articular intereses entre involucrados, traducen también el poder de ejecución basado en la colaboración y el aprendizaje. La calidad de la gestión y la capacidad de logro -que garantizan resultados de alto impacto-, son, ante todo, una cuestión de nuevas actitudes. Responsabilidad, disciplina, humildad, perseverancia: Bielsa dixit.
3) Zander dice que la persona en posición de liderazgo medirá el éxito de su tarea a la luz del brillo de los ojos de quienes lo acompañan. Hermosa imagen. Poderosa. Ella habla de clima, de calidad de emociones compartidas, de fluidez conversacional, de necesidades percibidas y atendidas, de trato amigable, de ética de servicio, de cuidados prodigados, de penas y alegrías. De trabajo no separado de las honduras de la vida. De “trabajo decente”, diría la OIT. De superación del “síndrome de desgaste profesional”, dirían otros, más avanzados en la búsqueda de cuadrar la ecuación entre productividad y calidad de vida en el trabajo.
4) Finalmente, dice Zander que la plenitud humana de ese ser a quién su comunidad ha investido de los atributos de un líder, es su conciencia acerca de que toda palabra dicha a otro puede ser la última que éste escuche de ti, o –más fuerte aún- puede ser la última que tú digas en la vida. Un líder lleno de contagiosa vida no ignora su finitud, no olvida que todos limitamos con la muerte.
Permítanme concluir recordando a otro de mis clásicos, de mis maestros ya muertos cuando los descubrí. Mil veces una palabra, un breve texto suyos me han acompañado en mis hermanados oficios de formador y consultor: Carl Rogers. Siempre vuelvo –particularmente en momentos de desánimo y de tristezas- a un texto suyo, capítulo de uno de sus libros . “¿cómo profesor, ¿puedo ser yo mismo?. ¿se puede ser humano en clase?”. Obviamente, toda la argumentación del capítulo es una reflexiva respuesta afirmativa a tales preguntas. El ejercicio de aprender a separar, a no confundir rol y persona, no es la menor de las cotidianas tareas del líder. Escondido en el rol, en las facultades y fulgores del cargo, el directivo empezará por entrar en desconexión de todo contacto, de todo encuentro verdaderos, seguirá por un cuestionamiento creciente acerca de su entorno y de su futuro y terminará funcionando maquinalmente, carente de todo trato auténtico y amistoso consigo mismo y, por lo tanto, sólo habilitado para frías relaciones con todos y con todo.
El liderazgo como atributo de la función directiva o es escuela de calidad de ser o no merece ser llamado liderazgo.
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