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Por Sebastián Depolo*

El objetivo de todo buen directivo es que las organizaciones que lideran sean productivas. Productivas en, al menos, dos sentidos: donde la organización se plantee y logre crecientes desafíos compitiendo exitosamente en un escenario global y donde el trabajo sea más humano, creativo y enriquecedor para quien lo ejecuta lo que redunda en beneficios para quien lo emplea.
En épocas de crisis la frágil ecuación de la productividad tiende a desbalancearse por las presiones de la competitividad (costos). Presiones que, cuando no hay creatividad, redundan en la pérdida de empleos. Esto no tiene por qué ser necesariamente así, no hay “leyes” que lo sancionen a menos de que creamos, cargados de ideología, de que la primera variable de ajuste -y en muchos casos la única- es la planilla del personal.
Desde el clásico Salida, voz y lealtad de Albert O. Hirschman (Ed. FCE, 1970) que se sabe que la opción de “salida” (despidos) y de “voz” (participación) tiene resultados diferenciales en el nivel de lealtad (compromiso) de los consumidores con un producto o servicio o de los trabajadores con su organización. Imaginen cual de las dos genera más compromiso, si, es la voz.
En épocas de crisis se requiere potenciar la participación para que, con el esfuerzo y compromiso de todos, la productividad no decaiga, el empleo se mantenga y se aprovechen las oportunidades que en períodos de ajuste pueden hacer la diferencia competitiva en un entorno global pero resultaban marginales en los períodos de bonanza. Lo hemos planteado en muchas ocasiones, la innovación es consecuencia de la participación. Y la forma de superar colectivamente las dificultades que trae aparejada una crisis debiera ser el trampolín de su desarrollo futuro.
Pero la participación es un terreno poco explorado en las empresas y organizaciones chilenas en particular y latinoamericanas en general. Los prejuicios de empresarios y trabajadores y la desconfianza que engendran no son un terreno fértil para la participación. Acabar con los prejuicios sobre la participación no es tarea fácil y alguien debe dar el primer paso. Creemos que dar este primer paso es responsabilidad mayor de quienes tenemos menos que perder. Los que hemos sido privilegiados con oportunidades que otros no han tenido, los que estamos en la posición de decidir sobre recursos, procedimientos, políticas y prácticas. A participar, como a casi todo lo realmente significativo en la vida, se aprende haciéndolo, ¿por qué no lo intentamos?.

* Sebastián Depolo es Sociólogo y Magíster en Investigación Social y Desarrollo de la Universidad de Concepción. Actualmente se desempeña como Investigador del Programa de Habilidades Directivas, del Departamento de Ingeniería Indutrial de la Universidad de Chile.



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